Santo Domingo, R.D.- La Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) celebró la graduación número 79 de su campus Santo Domingo, entregando 953 profesionales. Como parte ceremonia, el nuncio apostólico en la República Dominicana, monseñor Piergiorgio Bertoldi, predicó la homilía de la misa de graduación con un llamado a servir a la sociedad con amor.
A continuación, compartimos de manera íntegra la homilía para la vigilia de la graduación celebrada este viernes 11 de septiembre, previo a la ceremonia:
Queridos estudiantes, queridos profesores, familias y amigos que hoy acompañan a estos graduandos,
Muy buenas tardes.
Nos encontramos aquí, en la víspera de un día de fiesta y de muchísima emoción. Al mirarlos a los ojos, vemos los rostros de quienes han luchado de verdad. Llegar hasta aquí no ha sido fácil: ha habido noches enteras de desvelo entre libros, exámenes que hacían temblar las piernas, cansancio acumulado, pero también tantos sueños, amistades sinceras nacidas en los pasillos de la PUCMM y la alegría de descubrir vocaciones que hoy se convierten en una profesión para servir al país.
La Palabra de Dios que hemos escuchado esta tarde parece escrita exactamente para ustedes, que están a punto de cruzar las puertas de la universidad para entrar de lleno en el mundo laboral de nuestra amada República Dominicana. Nos regala dos imágenes sumamente poderosas: la del atleta que nos describe San Pablo y la del Padre misericordioso que nos presenta el Evangelio de Lucas.
1. La fatiga gozosa y la verdadera ambición: correr hacia una gran meta
San Pablo, hablando de sí mismo, utiliza un lenguaje deportivo. Dice: “Yo corro, pero no como quien corre a la ventura; peleo, pero no como quien golpea el aire”. Pablo compara la vida con una gran carrera en el estadio.
Queridos graduandos, ustedes han corrido una carrera larga y exigente durante estos años. Han estudiado, se han entrenado, se han sacrificado. Pero Pablo nos recuerda algo fundamental: la ambición no es una mala palabra. A veces pensamos que ser modestos significa bajar la guardia, conformarnos con la mediocridad, vivir en una "zona gris" para no llevarnos grandes desilusiones. ¡Pues no! San Pablo nos dice que estamos hechos para "más". El ser humano ha sido creado para el infinito. Ustedes han estudiado, han acumulado conocimientos y han desarrollado talentos no para encerrarse en sí mismos, sino para apuntar alto.
Esta ambición, sin embargo, no debe convertirse en afán de poder o en una búsqueda egoísta de prestigio. La ambición cristiana, la ambición de quienes egresan de esta universidad católica, es realizarse plenamente descubriendo lo que ya somos: hijos de Dios llamados a servir.
2. En el mundo laboral: hacer crecer los brotes del saber con espíritu de servicio
Mañana recibirán su título. Entrarán a las empresas, a los hospitales, a los colegios, a las oficinas, a los tribunales o a los laboratorios de nuestra nación. Y allí les espera la verdadera prueba: el mundo del trabajo. Un mundo que muchas veces corre detrás del lucro a toda costa, de la competencia despiadada y del "sálvese quien pueda".
A ustedes, ingenieros, médicos, administradores, abogados, educadores, San Pablo les señala cuál debe ser el estilo del verdadero discípulo: hacerse servidores por amor. Pablo dice: “Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos”. No se trata de la esclavitud de quien se rinde, sino de la libertad suprema de quien elige pertenecer a los demás, de quien decide cargar con los pesos de sus hermanos.
En su trabajo diario, en las grandes y pequeñas decisiones que les tocará tomar aquí en Santo Domingo y en el País, están llamados a hacer crecer los brotes del saber no como herramientas de dominio, sino como semillas de justicia. Una sociedad justa no se edifica con la fuerza ni con la arrogancia, sino uniendo la competencia profesional a la ternura, con la capacidad de hacerse cargo de las fragilidades de nuestra gente. Como nos recuerda la "ley de Cristo", amar significa "cargar con el peso" del otro. Que su saber profesional sea un yugo ligero que ayude a nuestra sociedad dominicana a crecer, a levantarse y a tener esperanza.
3. Hagámonos misericordiosos como el Padre
Y aquí acude en nuestra ayuda el pasaje del Evangelio de Lucas: “Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”.
Jesús utiliza una imagen bellísima y profundamente tierna. La palabra "misericordia" en las lenguas bíblicas evoca las entrañas maternas, el vientre de una madre. Dios no es un juez implacable que está sentado con una balanza analizando milimétricamente nuestros errores; Dios es Padre-Madre que acoge, que da vida de nuevo, que abraza precisamente nuestra fragilidad.
El Señor nos regala algunas actitudes muy prácticas para vivir esto, incluso en el trabajo y en el día a día:
- Dejen de juzgar. En el ámbito laboral se encontrarán con compañeros difíciles, jefes exigentes, clientes complicados. La tentación inmediata es etiquetar a las personas, ponerles calificación a los demás. Jesús nos dice que debemos parar de andar tamizando los defectos ajenos con la presunción de creernos mejores. Antes de mirar la paja en el ojo del colega, aprendamos a sacar la viga que tenemos en el nuestro.
- No condenen, absuelvan. Un ambiente de trabajo puede volverse tóxico si se vive de envidias y juicios lapidarios. El cristiano lleva el perdón, desata al otro de sus errores y ofrece una nueva oportunidad.
- ¡Den!. El Evangelio no le pone un objeto directo al verbo "dar" porque todo debe ser entregado. Entreguen sus competencias, regalen su tiempo, den su entusiasmo. En la medida en que se den a sí mismos, recibirán una medida "generosa, apretada, sacudida y rebosante": la alegría profunda de experimentar que somos hijos de un Dios que es pura generosidad.
Conclusión
Queridos jóvenes de la PUCMM, la ceremonia de mañana no es el final de la carrera, sino el banderazo de salida de la verdadera maratón de la vida. Miren hacia el futuro con el corazón lleno de esperanza. La República Dominicana necesita de su inteligencia, de su honestidad, de su frescura y, sobre todo, de su capacidad de amar a través del trabajo bien hecho.
Al depositar hoy sus esfuerzos y desvelos a los pies del altar, pídanle al Señor que custodie su libertad. No se conformen con una vida mediocre. Tengan la gran ambición de la santidad, del amor y del servicio.
Que la Virgen de la Altagracia, Madre de Dios y nuestra protectora, cuide sus pasos, acompañe sus jornadas laborales y les ayude a ser, siempre y en cualquier lugar, constructores valientes de una sociedad más justa, fraterna y humana.
Así sea.

